Comentamos con un amigo las maravillas de Kindle de Amazon: el libro electrónico. Jugamos admirados con las distintas posibilidades que ofrece.
De pronto nos percatamos que lo llamamos libro electrónico. Como los aborígenes norteamericanos, que llaman al ferrocarril caballo de hierro y al rifle, productor de truenos, parecemos condenados a llamar e interpretar lo nuevo con las distinciones de lo conocido. Como si se tratara de producir truenos, o de cabalgar, quizás para cazar búfalos o hacer la guerra a la tribu vecina, a horcajadas de un caballo de otro formato, ahora de hierro. Pero son en realidad nuevas tecnologías que traen con ellas nuevos espacios de prácticas que son inéditos. Se trata de nuevas posibilidades de matar a distancia, de nuevas posibilidades de transporte masivo que superan todos los vecindarios y los límites, que harán que esa pequeña tribu de blancos que aparecen por las grandes planicies se convierta en poco tiempo en una avalancha más numerosa que las estrellas en el cielo. Y con eso, el fin...
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En antiguas cosmologías se imaginaba que vivíamos en una tierra que tenía un forma convexa, en medio de un cielo lleno de astros, que la tierra se afirmaba sobre la espalda de gigantescos elefantes que, a su vez, caminaban sobre la caparazón de una tortuga verdaderamente grande, la que, por su parte, era rodeada y sostenida por una serpiente de tamañao descomunal. Al parecer nadie se atrevía a insinuar sobre qué base se sostenía la serpiente. 

Como empresarios abriéndonos al mundo global vemos a éste como una colección de mercados, a los habitantes del planeta como recursos de consumo. Y vemos a Chile como dotación de recursos naturales. Esto define lo que hacemos: explotar recursos naturales muy abundantes para exportar a mercados infinitos. 
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