Mario Valdivia

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  ¿Inicio del fin de una crisis o inicio del fin de una era?

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Plutón rebajado por razones políticas

Enviado por Mario Valdivia el 24/08/2006 a las 12:04
Mario Valdivia
Un planeta no constituye un fenómeno "natural". Plutón, que era un planeta ayer, dejó de serlo.  La Unión Astronómica  Internacional (UAI) decidió que nunca lo había sido (BBC). Su tamaño y la forma de su órbita no cumplen con los estándares que se han declarado que debe cumplir un cuerpo celeste para ser un planeta. O sea, decir que algo es un planeta consiste en hacer un juicio fundado, más que en mostrar algo que se hace presente.

La naturaleza y los fenómenos naturales nunca se nos hacen presentes desnudos, en estado puro o intocado. Siempre presuponen un marco humano que los ha configurado ya desde antes. Algo que es un planeta ya presupone un marco interpretativo anterior que permite reconocerlo y configurarlo como tal.  Entonces podemos presenciar al planeta; podemos presenciarlo como planeta.

En el fondo, todo fenómeno natural presupone un debido proceso de observaciones y discusiones entre expertos científicos antes de poder convertirse en algo real.  Gracias a este debido proceso tenemos los estándares y las distinciones necesarias como para establecer la realidad o no de un planeta. Plutón no pudo constituirse en un planeta real después de someterse a los tests acordados por el debido proceso.

¿Cómo se que el proceso fue el debido? Bueno, en eso nos ayudan las instituciones como la Unión Astronómica Internacional (UAI), que parecen estar OK y ser las debidas. Al menos no se escuchan muchos reclamos en favor de Plutón planeta. O sea, todo debido proceso supone una reglas que deben ser respetadas, reglas que presuponen una decisión política anterior que establece  quién tiene derecho a poner y vigilar estas reglas y decidir lo que es un debido proceso.

Al final, todo fenómeno natural  -incluso aquellos del tamaño de un planeta - presupone una decisión política configuradora anterior.  Seguramente, mientras más aceptada sea la autoridad política que establece los debidos procesos, más "externos" o puramente "naturales" nos parecen los fenómenos.  Y más desaparece, o más invisible en el trasfondo, queda lo político. Muy parecido a lo que pasa con las realidades sociales. P. ej. si una autoridad política aceptada establece después de un debido proceso los estándares que deben cumplir las sociedades para ser declaradas igualitarias o segregadas, entonces podemos presenciar sociedades de estos tipos en el mundo. Aparecerá como algo de hecho, fáctico. Y mientras más aceptada consensualmente sea la autoridad política que declara y vigila los debidos procesos, más "natural" aparecerá la nueva distinción operando en el mundo.  Mientras menos consenso exista, más artificiales y arbitrarias - más alejadas de lo estrictamente "real" , posiblemente más políticas - aparecerán las diversas definiciones.


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Me eduqué

Enviado por Mario Valdivia el 17/08/2006 a las 16:30
Mario Valdivia
Habiendo leido lo ya escrito, pensé: no se trata principalmente - ni del todo, en realidad - de hacer una introspección para hacer visible quien soy. Conócete a ti mismo no puede querer decir eso. Toda introspección es una forma de recuerdo y en todo recuerdo me revuelvo yo en mi yo.  No puedo hacerme YO visible, que es el que me interesa.

Necesito un esfuerzo de imaginación para situar ante mi vista la historia en que me moldeé YO; y también la historia en la que no me moldeé YO, y ante la cual me encontré después, quizás desprevenido o mal preparado. Vamos, me digo dánde ánimos, y prosigo.

Cuando nací, el año 1945, recién estaba terminando en el Pacífico la segunda gran guerra del siglo pasado. Dos bombas que mataron a 200.000 personas de una plumada (y dejaron enfermas de muerte a quizás cuántos millones más) terminaron por bajar el telón. (¿Fue por tratarse de asiáticos que no fui YO enseñado este sufrimiento? Se que no lo fui, porque éste ciertamente habría sido un recuerdo que yo recordaría).  La tecnología se hizo entonces presente con un sobrehumano resplandor ante los ojos de todos los seres humanos como la fuerza que habría de movilizarlo todo; desde entonces muy claramente. Seguramente YO no fui educado asi porque, con toda seguridad, algo recordaría yo. Tal vez en Chillán todo parecía estar bien, como siempre. Y en el ramal de Chile, siendo local toda existencia real, allí encontraba su arreglo toda amenaza e inseguridad.

Ahora se también, aunque no lo recuerde de entonces, que a comienzos de los cincuenta Watson y Crick descifraron la estructura general del genoma de los seres vivientes. YO no me enteré. No recuerdo a nadie cerca mio que se diera por enterado. Estuve en un buen colegio en Santiago, pero no me enteré del ADN hasta que, por mi cuenta, lo perseguí con asombro, casi intoxicado y alucinando, en libros y revistas, aquí y allá, tarde en los años 70. La vida funcionaba como una precisa maquinita. Tal vez esto fue lo que me hizo irrevocable peso, porque, ¿de qué otra manera podría haber sido?

¿Qué decir de Darwin?, el de El Origen de las Especies de 1850. Silencio total. Solamente recuerdo, en el último año de colegio  a un cura que - 120 años tarde - consideró necesario informarnos que las teorías de Darwin (que las especies evolucionan, y el hombre proviene del mono, o algo así) no podían negar la existencia de Dios: Dios no tiene por qué haber creado todas las especies, Dios puede estar detrás y ser el origen de la evolución misma. Me pareció un argumento lógicamente perfecto, sobretodo que  aseguraba que las cosas marchaban bien, que todo seguía igual, que no había razones para alarmarse o sentir que había algo desconocido o nuevo. No vi de inmediato la movida como una nueva retirada estratégica divina - después que, conocida por mi parte la ley de gravedad de Newton y la ley de atracción eléctrica de Coulomb,  ya no veia a Dios como alguien necesario para mover directamente el universo natural - que me dejó mirando a lo alto buscando a Dios en delgados paises espirituales desprovistos de toda geografía.

Ahora, mirando hacia atrás, creo que fue muy importante en mi formación la ausencia de pensamiento evolucionista, para el cual las cosas van cambiando y transmutándose unas en otras. Y no entender a tiempo la irreducible historicalidad de nuestra existencia. He debido forcejear toda mi vida con la tendencia a mirar el mundo como una colección de esencias estables y de pensamintos definitivos. Es tal vez esto, como parte del desfase elemental en que YO me formé con respecto a la historia que se abría paso en el mundo alrededor nuestro, lo que me llevó especialmente a encontrarme apoyando, a fines de los sesenta, una revolución de corte socialista cuando en el resto del mundo el socialismo se caia ya a pedazos. yo no podía moverme y proyectar sino que en los espacios que YO veia posibles.
 

Nacido y criado

Enviado por Mario Valdivia el 12/08/2006 a las 13:34
Mario Valdivia
Se me vienen encima los recuerdos mirando la vaga silueta de mi reflejo en el vidrio de un escaparate. Casi nací, y si me crié, en Chillán. Punto en el troncal principal del ramal más extremo del mundo: Chile. Y todavía un poco más excéntrico, unos kilómetros hacia los trumaos que el Volcán Chillán ha desparramado por los primeros cerros que cierran el valle central.

Tierra de vieja frontera. Tierra de jesuitas, de militares, de contrabandistas, de comerciantes rudos, de traficantes; gente violenta. Tierra de malones y expropiaciones, de violaciones y sangramientos; lugares violentos. YO nací aquí pero yo no me percaté de estas peculiaridades de las capas geológicas del lugar.

Pero ahí están los nuevos recuerdos que súbitamente salen del oscuro y adquieren visible presencia.

Retornan resonantes la lengua, las palabras, los nombres y las cosas.  YO nací en un mundo luminoso de ponchos,  de machos, de pulchenes, de canchas, de choclos, de guaguas, de hualles y pellines, de quiltros, de güeñes, de pichintunes, y yo no supe de su luz.  Mundo de música innotada: Quiriquina, Diguillín, Cayumanque, Palpal, Polcura, Huépil. Y también nombres de verdad, para superponer, obligar a la memoria y vaciar, el Carmen, San Javier, San Ignacio, la Ermita, San Gabriel;  y yo no lo vi. Y luego también, cuando se mandó a manifestar serio respeto con el nuevo lugar de los lugares y con los nombres de sus vivientes, Yungay y Bulnes.  El ramal transmuta a veces en ombligo, y YO fui un abierto y respetuoso escuchador.

¿Cuántas más palabras y cosas y música y nombres ejercen su poder desde el invisible oscuro? Quizás de ahi una opaca nostalgia, una lentitud.




yo oculto activamente a YO

Enviado por Mario Valdivia el 11/08/2006 a las 15:26
Mario Valdivia
Caminaba por las calles y, de pronto, recuerdo lo que decía Pascal, peleando - para variar - con Descartes, que los seres humanos somos mitad autómatas y mitad mentes concientes. En alguna parte de sus Meditaciones, no recuerdo bien donde. Este autómata es al que le puse YO. Es el ser que se ha moldeado en sus prácticas históricas, muchas de las cuales han dejado huella pero no han dejado recuerdo (ni olvido).

O sea que YO siempre está parcialmente oculto a yo. Y tengo bien visto que no da lo mismo saber esto que no saberlo. Al contrario, tengo investigado que no hay oscuridad más grande que vivir siendo ciegos a la existencia de YO y creer que el único que existe soy yo. Entonces tenemos un comportamiento que activamente oculta a YO, produciendo una ceguera cada vez más espesa, si cabe. Esto si que es estar endemoniado.

yo se da explicaciones. yo doy razones, especialmente doy razones de mis acciones.  Explico estas acciones como resultado de mis intenciones. Me senté porque quise sentarme, digo yo.  No reclamé, a pesar que tenía todo el derecho de hacerlo, porque no quise crear un conflicto, explico yo.  No dije que no porque no me gusta ser egoista, razono yo. Acepté este cargo  no porque lo haya buscado ni me guste, sino para servir a los demás, declaro yo. 

YO actúo; yo explico mis intenciones.

En fin, yo considera a sus intenciones como la causa de las acciones. Niega activamente la existencia de YO, niega su propio comportamiento automático.

Saber que YO existe es saber que muchas veces no son mis intenciones la causa de mis aciones sino que al revés: mis accciones son la causa de mis intenciones. YO actúo y después yo cuento historias de razones.  (Seguro que Nietzsche dijo esto y mejor en alguna parte.)  Ojo  y oreja  los que gustan explicar sus acciones como resultado de intenciones buenas, de intenciones que hablan bien de ellos, que los dejan bien parados...

¿Quién está más endemoniado, me pregunté yo, el que recuerda estar endemoniado o el que cree que no lo está?

Miré al pasar mi reflejo en un escaparate. Me detuve. No me vi yo; una vieja historia se hizo presente. Me invadió una rara serenidad compasiva. 

YO y yo

Enviado por Mario Valdivia el 02/08/2006 a las 15:18
Mario Valdivia
Camino sin apuro hacia la plaza. Me observo caminando y me doy cuenta de algo obvio: aprendí a caminar, pero no me acuerdo cuándo ni cómo; nada. Se que si no me enseñaban a caminar no  estaría caminando hoy -hay que aprender a hacerlo. No caminamos los seres humanos de manera natural debido a nuestra estructura corporal.

Reflexiono que reflexiono hablando: castellano por supuesto. También aprendido sin recuerdo. ¡Si hubiera nacido en Japón o en Irán!, pienso. Veo los frondosos tilos de la plaza, "hermosos árboles", me encuentro pensando. También aprendí qué son los árboles: seres vivos, del reino vegetal, inspiran anhidrido carbónico y expiran oxígeno, aprovechan la energía de la luz solar, hacen fotosíntesis.  No recuerdo cuándo aprendí todo esto, tal vez  de a poco. Que los árboles son seres vivos pero que está permitido tallar en su corteza nombres de enamoradas, cosa que no se debe hacer en la piel de un animal -sería cruel - y menos aun en la piel de un ser humano -sería un crimen. ¿Quién me enseñó todo esto? ¿Lo aprendí observando a mis semejantes?. ¿Cuándo? No hay recuerdo que recordar. Apenas alcanzo a darme cuenta que separo los tipos de seres que hay en el mundo en dos: los reales, que veo y toco, de las fantasías que existen solamente en nuestra imaginación: fantasmas, espíritus, unicornios. ¿Cómo y cuándo me moldeé en esta manera de configurar y entender el mundo?

Con seguridad son  diferencias en lo aprendido lo que me hace distinto de un inca o de un romano, y también lo que me hace distinto de un japonés o de un aborigen australiano de hoy. No creo que los genes tengan nada que ver en esto.

Mi ser es pasado. YO soy pasado.

Mi presente es pasado en acción. Mi futuro es pasado trabajando como imaginación. Y no se trata solamente de mi.

Pero tengo dos pasados: el claro del recuerdo y el olvido, por una parte, y el escondido oscuro, por otra. Y sólo me puedo interpretar a mi mismo - me parece - desde el pasado claro, desde el pasado que recuerdo que recuerdo y que recuerdo que olvido. Esta auto-interpretación de mi mismo se llama yo - con minúsculas.

Hay una oscuridad inevitable en YO para yo. Una oscuridad irremediable en el YO que soy para el yo que, desde mi pasado claro, digo que soy. YO está formado - formateado, diría un joven hacker - como ser de maneras que son transparentes -invisibles - para yo.

Por eso, cada vez que un pedazo de pasado sale del oscuro escondido y se hace visible, yo recupero libertad. Adquiero -yo - la posibiliadd de observar algo de mi formateo y adquiero la posibilidad de dejarlo atrás y reformatearme

 

Podcaster

Enviado por Mario Valdivia el 02/08/2006 a las 3:19
Mario Valdivia
En PODCASTER, con la voz Atisbando, este blog habla.
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PASADO y pasado

Enviado por Mario Valdivia el 01/08/2006 a las 11:49
Mario Valdivia
No creo que el tiempo sea tan sencillo como se empeña, machacón, en mostrarlo el reloj: una cinta clara que dejamos atrás a una monótona velocidad constante. Más bien se pliega como la ropa en un aparador, o un mapa; y entre pliegue y contrapliegue se esconden el recuerdo y el olvido, convolutos, y también el recóndito oscuro.

Observemos el pasado. Hay dos pasados: el pasado que recuerdo y el pasado que no recuerdo. El pasado que no recuerdo es, también, no uno sino que dos: el pasado que recuerdo que no recuerdo (el pasado que recuerdo haber olvidado), y el pasado que no recuerdo que no recuerdo (que no recuerdo haber olvidado). Como ejemplo, recuerdo ahora que un hijo mio nació en el mes de julio, pero no recuerdo el día preciso, aunque se que lo recordaba y ahora lo olvidé. También me acuerdo que, de niño, recordaba las tablas de multiplicar del 2 al 14, pero ya las olvidé. O sea, son parte de mi pasado que recuerdo que no recuerdo. También me pasa  a menudo que no logro recordar palabras que obviamente recordaba con facilidad antes - o sea, que recuerdo que olvidé. (A veces le pido a mi mujer que me las recuerde)

En cuanto al pasado que no recuerdo que no recuerdo, ¿qué decir? ¿Acaso puedo creer que recuerdo todo lo que he hecho, he visto, escuchado, olfateado, todo lo que me ha ocurrido? Seguramente que no es así. Hay miles de cosas que me ocurren y que obviamente no recuerdo, tal vez ni siquiera se olvidan, simplemente no se recuerdan. La forma de las nubes de ayer, la cara de las personas que iban anteayer en el metro conmigo, el olor de ese restaurante que visité la semana pasada en Chillán, libros que veo ahora en mi biblioteca y que no recuerdo haber leído, pero tampoco recuerdo que estén pendientes de lectura. Todo esto existió: habían olores, caras, nubes que seguramente percibí pero no recuerdo; libros leidos o no leidos que no recuerdo, días que no dejaron huella visible. Un pasado que viví y que me afectó, que debe estar ahí, pero que no recuerdo y no recuerdo haber olvidado tampoco. Es lo oscuro.

El otro pasado, el que recuerdo, también más que uno, es doble. Está el pasado que recuerdo -los recuerdos que tengo presente. Y está el pasado que no recuerdo que recuerdo pero que, a veces súbitamente, aparece en mi memoria; o sea, que olvidaba sin recordar que olvidaba, pero que estaba por ahí en alguna parte listo para ser recordado. Ciertamente recuerdo a mi padre, que murió hace tiempo. Y también me ocurre que, de pronto, hay escenas mias con él que me aprecen como de la nada y me traen recuerdos de un pasado hasta ahora olvidado, pero que sólo ahora puedo recordar que estaba olvidado. Al mirar fotografías viejas pasa esto a menudo, al escuchar ciertas piezas musicales. Por ejemplo, yo no puedo escuchar el segundo movimiento de la 7a sinfonía de Beethoven - el adagio - sin que me asalten recuerdos vívidos de mi abuelo escuchando en silencio esta pieza en la soledad oscura de la amplia sala de la casona en que vivíamos, mientras yo lo miraba desde el jardín; y esos recuerdos se disparan, si se lo permito, a otros recuerdos de mi abuelo que parecen ampliarse y adelgazarse de manera inesperada como lo hacen las ramas de un frutal buscando el cielo. Jirones del pasado dejan el oscuro y salen a la luz. Por estas apariciones sabemos que el oscuro está ahi, opaco.

Osea,  hay por lo menos dos pasados:  el escondido oscuro y el claro, tenga la claridad el segundo de una presencia - el recuerdo - o tenga la de una ausencia - el olvido.