Nuestro máximo órgano soberano - el parlamento - hace tiempo que se ve mal en lo que hace. Una enfermedad infecciosa de la cual no parece poder desembarazarse lo mantiene postrado: la banalidad. Pienso en la reciente dedicada discusión sobre el feriado del 17 de septiembre; pienso en los largos debates sobre el tamaño que debe respetar la publicidad en los paquetes de cigarrillos.
Al mismo tiempo, lo que futiliza aun más lo banal, un tinte de solemnidad ha ido encubriendo las banalidades en las que nuestro soberano se encuentra a menudo envuelto. Pienso en los destacados legisladores que han salido en los medios a llamar a una seria discusión para decidir cómo han de compensarse las horas de trabajo que no se realizarán el 17; pienso en los serios legisladores que han considerado necesario ofenderse con el episodio minúsculo de un baile en la casa del parlamento, convirtiendo lo inexistente en una seria banalidad.
Al mismo tiempo, bastó la firma de un ministro - alguien no electo - para que Microsft consiguiera un acuerdo con el estado de Chile que no ha podido conseguir tan fácilmente con otros estados nacionales del mundo - especialmente en Europa y también en Latinoamérica - preocupados de proteger con código abierto la soberanía nacional en materias de infraestructura tecnológica. También, recuerdo bien, los tratados de libre comercio han sido aprobados sin que el Parlamento los haya discutido en lo más mínimo - no había tiempo que perder, al parecer - y éste haya dado por aprobado lo que venía resuelto desde el Ejecutivo y acordado ya con los países respectivos. Y al menos en uno de estos tratados, con EEUU, Chile ha declarado válida internamente las leyes norteamericanas de propiedad del recurso más importante del siglo XXI: la propiedad intelectual (¿hablemos de soberanía nacional?)
Nuestro máximo órgano soberano no la ha visto pasar, en ninguno de estos casos ejemplares. Ni termina de ver que no la vio.
¿Qué pasa? No creo que debamos pensar que tenemos representantes malos o especialmente banales de nuestra propia soberanía. Son como nosotros, ni mejores ni peores, representan bien lo que somos y los hemos elegido nosotros mismos. Más bien, pienso que debemos considerar la posibilidad que, en los tiempos que corren, es nuestro estado el que se ha convertido en algo banal; nosotros mismo como soberanos de la nación nos hemos banalizado. Y entonces la solemnidad que procura darle resonancia a la nada misma que para todos es cada vez menos invisible.
Se nos ha dicho repetidamente que los estados nacionales enfrentarán una seria crisis debido a la globalización de las prácticas sociales en las cuales vivimos que han permitido las nuevas tecnologías de la información. ¡Como quien oye llover! Asi, el estado nacional se ha banalizado. El soberano - nosotros mismos- se ha banalizado. Como si casi nada importante para la soberanía y la identidad de Chile en el mundo pudiera estar en sus - nuestras - manos. Como si no hubiera nada que hacer; como si no fuera necesario hacer nada. ¡Como si solamente quedaran en nuestras manos soberanas quehaceres municipales!
¿Que es exclusivamente un problema con nuestros políticos? ¡Bueno, ya sería bastante! Pero no es así, tiene que ver con nosotros mismos. Miremos cómo estamos discutiendo y resolviendo los problemas - apestantes - de nuestra educación. Reputados intelectuales, convocados oficialmente, han elaborado un proyecto que está concitando el apoyo consensual de todas las fuerza políticas. Este proceso lleva ya un año o más. Pues bien, se ha discutido de todo - de organización del ministerio, de incentivos (sobretodo de incentivos), de derechos ciudadanos (que solemne conversación), de calidad garantizada (¡por las cortes de justicia!) de la educación, de la ley de educación, del afán de lucro y otros principios motores de la acción humana - pero no se ha dicho NADA sobre educación: sobre currículo, sobre prácticas y habilidades básicas, sobre el rol de las nuevas tecnologías en la educación, sobre para qué, y para movernos en qué mundo, educarnos. Y de esto si que depende en serio la productividad de los chilenos, nuestra competitividad y por tanto nuestar soberanía futura. Y nuestra identidad en el mundo. Descuidamos solemnemente lo más sustancial. (Camilo Herrera me hizo visible este hecho. Y también darme cuenta que las conversaciones más sustantivas sobre educación de hoy y del futuro se encuentra en los blogs. Ver especialmente EDUCÁNDONOS.)
Me parece evidente que los resortes que cuidan o erosionan nuestra soberanía están en otra parte; las preocupaciones que deben movilizar al estado están en otra parte. No exactamente donde nuestros queridos hábitos históricos nos hacen buscarlos. Crear un futuro para Chile y los chilenos en el mundo de prácticas y relaciones de hoy es lo que debe darle foco sustantivo a las tereas del estado y de nuestro órgano soberano mayor. No es repartirse mejor los escasos grados de poder que hemos conseguido (manipulando las frágiles herramientas e intrumentos con que los hemos producido), sino que expandir aceleradamente nuestra capacidad como Nación de dotar prácticamente a nuestros ciudadanos de la posibilidad de crear nuevos espacios de poder en el mundo y darle a Chile una renovada identidad valiosa global.
¿No nos parece que los ancianos se ponene banales? Con la velocidad del tiempo de hoy envejecemos muy rápidamente si no nos cuidamos de manera dedicada.
Escuchar aqui Atisbando # 66.



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